UNA NOVICIA DICE…







«El amor de Cristo es ese mar inmenso en el que debemos sumergirnos poco a poco y dejar que la corriente de su ternura nos ahogue en el manantial de su misericordia, pero es Él quien mueve las olas para empapar mi alma, yo sólo debo dejar que Él sea el dueño de todas las cosas; incluso de mi persona»