¿QUIEN TU…

… y quien yo?
Hace unos días la
familia franciscana celebraba la memoria del inaudito prodigio y don concedido
por Dios a San Francisco de Asís en el Monte de la Verna o Alvernia, en 1224.
Desde su conversión, el Seráfico Padre San Francisco veneró con
grandísima devoción a Cristo crucificado. Hasta su muerte no cesó, con su vida
y su palabra, de predicar al Crucificado. El Señor le dio la gracia de poder
vivir en su propia carne las llagas que nosotros con nuestros pecados le
causamos.
Con esta
gracia que hoy celebramos, Dios nos pone al Santo de Asís como ejemplo de vida
cristiana. Y como aliciente a configurarnos como hijos suyos, a ser proyección
de su amor hacia los hermanos; para Él nuestras debilidades no son obstáculo
para hacer su obra, siempre y cuando tengamos disposición y toda nuestra
confianza en Él.
Así lo vivió Nuestra Madre, que fue fiel imitadora de Francisco, y se abrazó, como el Poverello de Asís, a la Cruz, durante toda su vida. Celebramos y recordamos también que ella tuvo la gran dicha de verse revestida del Señor el mismo día en que Francisco recibió del Señor la gracia de ser del todo configurado con Él no solo en vida sino por toda la eternidad.
¡Que en este
día, como San Francisco, busquemos alabar a Dios con todos nuestros
pensamientos, con todos nuestros sentimientos y con todo nuestro ser!
¡Que nuestra Madre Carmen nos enseñe a amar y abrazar la Cruz y al Crucificado como ella y nuestro Padre San Francisco lo abrazaron!

“Dios de amor y de misericordia, que marcaste
con las señales de la pasión de tu Hijo al bienaventurado padre Francisco para
encender en nuestros corazones el fuego de tu amor, concédenos, por su
intercesión, configurarnos a la muerte de Cristo para vivir eternamente con él”