«TODOS QUEDARON LLENOS…

…DEL ESPÍRITU SANTO» (Hech. 2, 4)


«Hablando a los Apóstoles en
la Última Cena, Jesús les dijo que, luego de su partida de este mundo, les
enviaría el don del Padre, o sea el Espíritu Santo Aquella efusión, si bien
extraordinaria, no permaneció única y limitada a aquel momento, sino que es un
evento que se ha renovado y se renueva todavía. 


Cristo glorificado a la
derecha del Padre continúa realizando su promesa, enviando sobre la Iglesia el
Espíritu vivificante, que nos enseña, nos recuerda, y nos hace hablar.
 El Espíritu Santo nos
enseña a seguirlo, a caminar sobre sus huellas. Más que un maestro de doctrina,
el Espíritu es un maestro de vida. Y ciertamente de la vida forma parte también
el saber, el conocer, pero dentro del horizonte más amplio y armónico de la
existencia cristiana.
El Espíritu de verdad y de
caridad nos recuerda todo aquello que Cristo ha dicho, nos hace entrar cada vez
más plenamente en el sentido de sus palabras.
Esto requiere de nosotros una
respuesta: cuanto más generosa sea nuestra respuesta, más las palabras de Jesús
se vuelven vida, actitudes, elecciones, gestos, testimonio, en nosotros.
En
esencia, el Espíritu nos recuerda el mandamiento del amor, y nos llama a
vivirlo.
Pidamos hoy al Espíritu
Santo que nos haga verdaderos evangelizadores, sus amigos y testigos, para que
viviendo plenamente como hijos de Dios hagamos que todos los hombres participen
de esta vida divina… Que Él nos dé la unión con Cristo y el Padre, y entre
nosotros… que Él haga cesar todas las divisiones entre los hijos de Dios… (Él nos da la unidad, pero todos y cada uno tenemos que cuidarla) 
y que Espíritu reavive cada día más el ardor misionero de la Iglesia para
que todos los hombres pueden llegar a ser hijos de Dios».
(Homilía del Papa Francisco)