





Cantamos…
Oración de San Francisco
Hazme instrumento de tu paz,
que donde haya odio ponga yo amor,
donde hay ofensa ponga yo perdón,
donde hay discordia ponga yo unión.Donde haya duda ponga yo la fe,
donde haya error ponga yo verdad,
donde hay tristeza ponga yo alegría,
donde hay tinieblas ponga yo la luz.Oh Maestro, que no me empeñe tanto
en ser consolado sino en consolar,
en ser comprendido sino en comprender,
en ser amado sino en amar.Hazme instrumento de tu paz,
porque dando siempre se recibe,
perdonando se alcanza el perdón,
muriendo se va a la vida eterna. (2)




En aquel tiempo apareció en Gubbio un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad. Todos iban armados cuando salían de la ciudad, como si fueran a la guerra; y aun así, quien topaba con él estando solo no podía defenderse.
San Francisco, quiso salir a enfrentarse con el lobo. Y, haciendo la señal de la cruz, salió fuera del pueblo con sus compañeros. El lobo avanzó al encuentro de San Francisco con la boca abierta; acercándose a él, San Francisco le hizo la señal de la cruz, lo llamó a sí y le dijo:
–¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie.
Apenas trazó San Francisco la cruz, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló así:
–Hermano lobo, tú estás haciendo daño aquí, has causado grandísimos males, maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso. Por todo ello has merecido la horca como asesino malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero hacer las paces entre tú y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen.
Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco.
«Las florecillas de San Francisco». Cómo San Francisco amansó, por virtud divina, un lobo ferocísimo.



A veces nosotros nos portamos un poco como el lobo de Gubbio y tratamos mal a los demás. Francisco le ayudó a darse cuenta de que su comportamiento no estaba bien. ¿Te ha pasado alguna vez algo parecido? ¿Has tenido ayuda? ¿Lo has reconocido, has pedido perdón y te han perdonado? ¿Has ayudado a alguien a cambiar su actitud o mejorar su comportamiento?
Escribid entre toda la clase un decálogo de la paz y comprometeos a seguirlo para ser instrumentos de paz como Francisco.



Por intercesión de San Francisco, pedimos al Señor que nos haga sembradores de bendición y de paz en medio de nuestro mundo.


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