
«Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?»
Del Evangelio según san Mateo 20, 1-16
Dios quiere dar a todos su Reino, es decir, la vida plena, eterna y feliz. Y así hace Jesús con nosotros: no establece un ranking, sino se dona enteramente a quien le abre su corazón…
En el Evangelio de este domingo, Jesús nos revela qué distinta es su lógica de la nuestra y cuánto la supera. En su viña hay espacio para todos y cada hora puede ser la correcta. Nos reconocemos entre los obreros que han aceptado la invitación de la primera hora, pero ¿cuál puede ser la llamada que el Señor nos reserva para la última hora. Reconocernos entre los llamados debe significar estar dispuestos a acoger cada llamada, incluso la menos gratificante, la más difícil y dolorosa.
Hoy estamos ante una de las parábolas más desconcertantes, pero precisamente por esto más capaz de revelar lo específico de Dios. Jesús usa un lenguaje sin escrúpulos para llevarnos a la novedad más inesperada de su mensaje. La viña es el reino de Dios, al que toda persona, en condiciones diversas, es llamado. En el contexto histórico del tiempo de Jesús se trata de los fariseos y de los judíos, los primeros llamados y elegidos por Dios; y de los paganos, de los pecadores llamados también ellos ‘los últimos’.
El punto asombroso está en el comportamiento de Dios en el momento de la paga final, en el juicio de Jesús sobre el comportamiento y las pretensiones de quien se cree primero respecto a los últimos.