
«Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por Él…»
Del Evangelio según san Juan 3, 16-18
«Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna…»
En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Con la solemnidad de la Santísima Trinidad la Iglesia proclama la verdad interna de Dios. Nosotros los cristianos conocemos la identidad interna de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque se nos ha revelado por Jesús. Y cada vez que nos persignamos con el signo de la Cruz invocamos a la Trinidad.
Tocándonos la frente, pedimos al Padre que nos ilumine, tocando el pecho, pedimos a Jesús que nos enseñe a amar como Él nos ha amado, tocando los hombros, pedimos al Espíritu Santo la fuerza de perseverar en el Bien de la verdad, de la justicia.
Por este motivo el signo de la cruz tiene que realizarse lentamente, pensando en lo que hacemos.