
Del Evangelio según san Lucas, Lc 9, 11b-17
En cada Celebración Eucarística es el Señor quien viene a nosotros y nos reúne como pueblo para que, «en festiva asamblea celebremos el sacramento pascual de su Cuerpo y de su Sangre».
La celebración de la Solemnidad del «Cuerpo y Sangre de Cristo», introducida por el Papa Urbano IV en 1264, es para nosotros hoy motivo de reflexión, de alabanza y acción de gracias y de profunda adoración y contemplación.
Es volver con el corazón y la mente a las raíces de nuestro ser Iglesia, de nuestro vivir y de nuestro morir. Es sumergirnos de manera muy particular en las fuentes de la salvación.
En cada Celebración Eucarística es el Señor quien viene a nosotros y nos reúne como pueblo para que, «en festiva asamblea celebremos el sacramento pascual de su Cuerpo y de su Sangre». Él es el único, sumo y eterno sacerdote que por nosotros se ofrece en el altar de la cruz y que a nosotros se nos ofrece hoy «en apariencia humilde» (S. Francisco).
El pan y el vino, que por las manos del sacerdote se convertirán en el Cuerpo y la Sangre del Señor, son, además de la Presencia Real, el signo de un Dios que nunca se cansa de encarnarse para estar al lado del hombre.
Él «se humilla cada día, como cuando descendió de la sede real al seno de la Virgen; cada día viene a nosotros en apariencia humilde; cada día desciende del seno del Padre sobre el altar en las manos del sacerdote» (S. Francisco). Es el misterio de la encarnación que se renueva en cada celebración. Es Misterio de Amor que renueva el Sacrificio de Cristo contemplado y celebrado por la Iglesia en el Triduo Pascual…