En todos los colegios de Madre Carmen vivimos el mes de enero «como él»

En aquel tiempo apareció en Gubbio un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad. Todos iban armados cuando salían de la ciudad, como si fueran a la guerra; y aun así, quien topaba con él estando solo no podía defenderse.

San Francisco, quiso salir a enfrentarse con el lobo. Y, haciendo la señal de la cruz, salió fuera del pueblo con sus compañeros. El lobo avanzó al encuentro de San Francisco con la boca abierta; acercándose a él, San Francisco le hizo la señal de la cruz, lo llamó a sí y le dijo:
–¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie.

Apenas trazó San Francisco la cruz, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló así:
–Hermano lobo, tú estás haciendo daño aquí, has causado grandísimos males, maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso. Por todo ello has merecido la horca como asesino malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero hacer las paces entre tú y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen.

Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco.

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