
Del Evangelio según san Lucas, Lc 24, 46-53
«La solemnidad de la Ascensión, es como la última y más grande manifestación de Jesús Resucitado, fundamento de nuestra Fe…»
No se trata de pensar en un Jesús, que surcando verticalmente el espacio, desaparece en Dios, sino de afirmar la presencia definitiva de Jesús en el mundo de Dios.
La presencia de Jesús significa que el Hijo de María, a quien los Apóstoles y las multitudes de Palestina habían visto, tocado, amado, contestado, crucificado, sepultado, precisamente ese hombre, con su naturaleza humana, está en Dios y es Dios.
San Lucas expresa en su Evangelio esta verdad con imágenes plásticas, casi como si nos encontráramos formando parte de una solemne liturgia en la que, por un lado, el Resucitado bendice a los suyos, asegurando con el gesto bíblico de la Bendición su continua presencia y asistencia en Su Obra de Evangelización; por otra parte los suyos lo adoran.
Es el signo de que la Iglesia, superada toda duda, lo reconoce Dios, porque solo a Dios se adora.