EL DIOS QUE ME LLAMA…

… ES AMOR.

San Luis Gonzaga era una de esas almas predilectas sobre las que Dios derrama gracias y dones en abundancia para mantenerlas en la inocencia.
                                                                                                                                                                   
 Altísimo fue el grado de santidad que había alcanzado en la vía de la inocencia. No le atraía nada terrenal, vivía en contemplación y todas sus acciones eran plenamente conformes con los designios divinos.

 En el año 1585, Luis entraba en el noviciado de la Compañía de Jesús, en Roma.
Por todos los lugares por donde pasaba el noble religioso iba dejando detrás de sí el suave aroma de sus virtudes. Se despojó de todo cuanto pudiera  recordarle  su antigua condición, buscando humillaciones y prefiriendo siempre el último lugar.
En 1591, su caridad para con el prójimo encontró una excelente ocasión para expandirse hasta el heroísmo: atender a las pobres víctimas de la peste que asolaba la Ciudad Eterna.

 “San Luis es, sin duda, un santo a ser redescubierto en su alta estatura cristiana. Es un modelo indicado también para la juventud de nuestro tiempo, un maestro de la perfección y un experimentado guía hacia la santidad. ‘El Dios que me llama es Amor —se lee en uno de sus apuntes—, ¿cómo puedo circunscribir este amor, cuando para hacerlo sería demasiado pequeño el mundo entero?’”.






Aprendamos de este gran santo, modelo de abnegación y caridad para con el prójimo, a mantener nuestra mirada fija en el Señor, y, de la mano de la Santísima Virgen María,  a vivir este preciosísimo tiempo de Noviciado, para poder decir con San Luis: «Este es mi descanso para siempre; aquí habitaré, pues así lo he deseado».