
Quizá esta vez sea más fácil empezar por el final para tenerlo todo a punto desde el principio…
9 de noviembre de 1899.
Las Hermanas lloran. Algo ha pasado en La Victoria. Madre Carmen que ya había recorrido el CAMINO amando la VERDAD… ¡había nacido a la VIDA!
Don Miguel, sacerdote encargado de esta Comunidad de religiosas, trata de consolar a las Hermanas en su dolor: «Tenéis en el cielo una Madre; lo veréis, desde allí ejercerá su ternura y protección mejor que aquí abajo. Dios ha de oírla, pues la amaba mucho».
Dijo bien, pues así fue, ¡y así es! Pronto corrió la noticia de su paso a la vida eterna. Todos rezan por ella, pues «le debían muchísimos favores».
Al dejar este mundo la fama de santidad que tenía Madre Carmen no disminuyó en nada, sino que se conservó y acrecentó en la Congregación de Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones fundada por ella y en todas las partes donde fue conocida.
Falleció en Antequera, en olor de santidad.
Quienes la conocieron pronto comenzaron a poner por escrito anécdotas, sus palabras, gestos, hechos vividos junto a ella que testifican este «olor a santidad» que desprendía. La Iglesia, recogiendo esta fama de santidad y estudiando exhaustivamente testimonios orales y escritos, ha declarado que Madre Carmen del Niño Jesús «ha practicado de un modo heroico las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), las cardinales (prudencia, fortaleza, templanza y justicia) y las que le son anejas (todas las demás)».

Aprovechemos la ocasión que se nos brinda para acercarnos más a ella.

Contigo, Madre Carmen.
Es más fácil EL CAMINO porque ME ESCUCHAS.
¡ERES AMIGA!
Contigo, Madre Carmen.
Recorro TU CAMINO guiado de tu mano.
¡ERES HERMANA!
Contigo, Madre Carmen.
ME CONDUCES AL CAMINO, QUE ES JESÚS.
Me enseñas el arte de la fe y de la confianza.
¡ERES MADRE!
Contigo, Madre Carmen…
Y así, CAMINANDO CONTIGO.
Mis oídos escuchan atentos la Palabra del Maestro, «comotú».
Mis ojos miran al cielo y se dejan tocar por el dolor de mis
hermanos, «comotú».
Mis manos quieren emplearse en pequeñas acciones,
¡sencillas! con el sabor del Evangelio, «comotú».
Mis palabras quieren ser verdaderas y coherentes;
portadoras de la Buena Noticia, «comotú».
Contigo, Madre Carmen, «comotú».
Para creer, esperar y amar «conmáscorazón».
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