«…Han pasado ocho siglos desde la muerte del Poverello de Asís, que escribió con letras incisivas la palabra de salvación de Cristo en los corazones de los seres humanos de su tiempo. (…)
Al comienzo de su vida evangélica, había escuchado una llamada: «El Señor me reveló que dijéramos este saludo: “El Señor les dé la paz”» (…) que el ejemplo y la herencia espiritual de este santo, fuerte en la fe, firme en la esperanza y ardiente en la caridad activa hacia el prójimo, suscite en todos ustedes la importancia de confiar en el Señor, de dedicarse a una existencia fiel al Evangelio, de aceptar e iluminar con la fe y la oración cada circunstancia y acción de la vida…
(S. S. León XIV, Asís, 10 de enero de 2026).

«Su vida, sus cartas, los rasgos que traza para las religiosas están impregnados del espíritu y palabras de San Francisco de Asís».
La espiritualidad franciscana busca ante todas las cosas la unión con Dios en el amor, y de esta unión saca toda su actividad. Se funda en la pobreza entendida en su profundidad de humildad y desprendimiento de todo y de sí mismo a fin de dejar vivir y obrar a Dios» (C.3).
«El amor de Dios y de las criaturas es lo que hace a Francisco singular entre los demás santos. La forma concreta del amor de Francisco va dirigida al Hijo de Dios donde sufre más y está más humillado: Belén, el Calvario, la Eucaristía. Nosotras, que queremos continuar su espíritu en la Iglesia, cultivamos como rasgo característico de nuestra espiritualidad un intenso amor a la humanidad de Cristo» (C.4).
Casi siete siglos separan a Madre Carmen de San Francisco de Asís.
Hoy, al celebrar el octavo centenario de su tránsito, cada uno de nosotros puede tomar como antorcha y guía la oración que nos dejó como prenda para vivir la Verdad, la Bondad y la Belleza en comunión con Dios, con los hermanos y con el mundo. Lo pedimos al Señor para que nos lo conceda por intercesión de Madre Carmen, que tan bien lo practicó en su vida:


«Quiero que seáis religiosas ejemplares, franciscanas perfectas, imitadoras de la insigne pobreza de nuestro Padre San Francisco. Dios, en quien ciegamente debemos confiar, nos sostendrá y dará vida próspera a nuestra Congregación como cosa suya».
Madre Carmen del Niño Jesús
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