Hace un siglo, el 22 de febrero de 1925, esa siembra cayó en la bendita tierra de República Dominicana bañada por el mar Caribe y, desde aquel día, latiendo al compás de los Sagrados Corazones de Jesús y de María con la presencia de las Hermanas Franciscanas.
[…] Los signos de los tiempos, que contienen el anhelo del corazón humano, necesitado de la presencia salvífica de Dios, requieren
ser transformados en signos de esperanza.
(Spes non confundit, 7).

Madre Carmen tiene firme esperanza en el Señor, siente que la Congregación religiosa iniciada como respuesta a la misión que Él le confía, está llamada a ser instrumento de evangelización en el mundo. Sabe que sus religiosas, las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones han de estar penetradas del amor de Dios, firmes y fieles, conscientes y gozosas de su vocación, entregadas sin reserva para poder ser testigos y voz del evangelio allí donde el Espíritu las lleve.
«Cuando miro al cielo, se acrecientan mis deseos de ir por esos mundos a enseñar a las almas a conocer y amar a Dios. (Madre Carmen, p. 56)».
Así lo expresa una y otra vez en sus cartas:
Os doy la enhorabuena por haber tenido la dicha de veros hechas esposas de Jesucristo. ¡Ay, hijas mías, a qué grado de amor de Jesús habéis llegado; cuánta dicha tenéis; cuántas criaturitas habrá que no han tenido la dicha de vosotras! ¡Cuán obligadas estáis a corresponder a tanto favor!
Ya comprendo habréis hecho grandes propósitos de un completo cambio de vida; pero éste no sea para tres días…
