Dios te está invitando a soñar…

Con Jesús…

El sueño de Dios


Un joven se encontró un día delante de una tienda cuyo rótulo decía: “Se venden sueños”. Lleno de curiosidad, sin pensarlo dos veces, entró. Acaso ¿no entrarías tú?

¡Qué desilusión! La tienda estaba vacía: ni mostrador, ni cajas, ni estanterías… Nada de nada. Estaba a punto de marcharse cuando apareció una anciana que le preguntó: “¿Desea algo?”

—Hola. No, no. O sí, bueno, no sé… Es que he leído lo que ponía en el escaparate, pero veo que andan de reformas.

—No, no –le sonrió la anciana–, es que los sueños los tenemos en el interior. No paran quietos; apenas alguien abre la puerta y ya quieren echar a volar. Le voy a mostrar los tipos de sueños que tenemos, a ver si le gusta alguno, y se lo lleva.

—En esta bolsa tengo medio kilo de sueños con jaqueca. Sí, no pongas esa cara; la gente me los quita de las manos. Estos sueños son los de los macarras: una borrachera, un festín de fin de semana… Y sueñan y sueñan, pero cuando despiertan, tienen un dolor de cabeza que no soportan.

—En esta bolsa hay kilo y medio de sueños con agallas. Estos los compran los chicos buenos: pero al final estos sueños revolucionarios se reducen a poca cosa: una moto o la última moda del mercado.

—En esta bolsa hay dos kilos de sueños light, sueños sin azúcar, sin conservantes, pero también sin locura, sin juventud, sin vida.

—Finalmente, esta última bolsa contiene tres kilos de sueños ‘marineros’. Los que compran estos sueños se pasan la vida navegando por la red, sin levantarse de la silla y sin despegar la vista del ordenador. Tengo otros muchos, pero…

—¿Y cuál es el sueño más grande que tiene? Aquel que usted considere más importante –le preguntó el joven–.

—¿El sueño más grande? No creo que le interese; pero se lo voy a decir: el sueño más grande es el sueño de Dios.

—¿Qué me dice? ¿Y cómo es? ¿Cuánto pesa? ¿Me lo podría mostrar?

La anciana se le acercó y le dijo al oído: “El sueño de Dios debe pesar unos 80 kilos”.

—Qué casualidad –dijo el joven–, lo mismo que yo.

—¿En serio? –sonrió la anciana–. A ver si es que el sueño de Dios es precisamente usted.

Marcelo J. Solís Mena





Tu sueño

¿Tienes claro tu sueño? ¿Quieres saber cuál es y empezar a disfrutarlo? 
¡Vamos juntos! Te acompañaremos y ayudaremos a encontrarlo.

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