
«Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».
Del Evangelio según san Lucas 14, 25-33
¿Cristo no pide demasiado? ¿Cómo poner a Cristo antes que al padre y a la madre, antes que a los hijos, antes que a sí mismos, antes que a todo?
Por desgracia, detrás de estos interrogantes se esconde un sutil miedo: El miedo a que Dios se convierta en competidor de nuestros afectos, casi un obstáculo a la vida, casi una presencia incómoda y aplastante. ¡Es el miedo de Dios! Pero este miedo no tiene razón. Cristo Jesús nos pide amar a Dios más que al padre y a la madre, porque solo amando a Dios es posible amar verdaderamente al padre y a la madre, al esposo o a la esposa, a los hijos, a la vida. En otras palabras, Jesús dice:
«Vosotros a menudo creéis que os queréis, en cambio, en los demás os buscáis a vosotros mismos».
¡Qué fácil es engañarse en el querer! Así como es tan fácil engañarse en el ser buenos. El «AMOR» se ha convertido en una palabra equívoca y fuertemente contaminada.
- El amor posesivo no es verdadero amor.
- El amor sin fidelidad no es verdadero amor.
- El amor sin sacrificio no es verdadero amor.
Por eso Jesús con decisión propone la verdad que nos hace libres. Y es esta: Solo Dios puede enseñarnos a amar. Solo poniendo a Dios en primer lugar se es capaz de ser humanos, verdaderamente humanos.