Del Evangelio según san Juan 4, 5-41
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed…»
La sed lo es todo. «¡Escucha tu sed!», así recitaba un eslogan publicitario en una notable bebida.
La sed es todo. Lo saben los que viven en países cálidos, o que suben a la montaña y que realizan un esfuerzo físico notable.
También la sed del corazón es todo. La vida se hace árida, se apaga, pierde significado, si no encuentra nada que pueda saciar la sed, la necesidad de amor que lleva dentro. «No tengo necesidad de estima ni de gloria, ni de otras cosas similares, sino que tengo necesidad de amor», ha escrito Giacomo Leopardi.
El Evangelio nos habla del encuentro entre la sed de una mujer samaritana y de la sed de Jesús.
