
Es una llamada a detenernos en medio del ritmo de cada día, a salir de nosotros mismos y a fijar la mirada en el Dios que nos mira, nos conoce, nos ama y nunca se cansa de perdonar.
Él quiere encontrarse con cada uno de nosotros.
Enmarcada en el tiempo de Cuaresma, camino de conversión y preparación para la Pascua, la Iglesia nos invita a mirar nuestra vida con verdad, a reconocer aquello que necesita ser sanado y a volver a Dios con confianza.
San Francisco experimentó en su propia vida la misericordia del Señor y, al dejarse transformar por ella, descubrió la verdadera alegría. No una alegría pasajera, sino la que nace del encuentro con Cristo, de un corazón libre y reconciliado y se expresa en una vida sencilla, confiada y entregada. Por eso, vivir esta jornada como él significa atrevernos a abrir el corazón a Dios, a dejarnos perdonar y a seguir adelante…
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