
«Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo…»
Del Evangelio según san Mateo 17, 1-9
«Éste es mi Hijo, el elegido; escuchadle.»
En esta segunda etapa de la Cuaresma abandonamos el desierto para llegar al monte de la Transfiguración. Es aquí donde contemplamos cómo la luz de la divinidad envuelve a Cristo y hacia Él convergen la ley y los profetas, encarnados por Elías y Moisés. Culmen de esta manifestación de Dios, será la voz del Padre que orienta la humanidad hacia el Hijo: «Éste es mi Hijo, el elegido; escuchadle».
Elegir un camino exigente implica valor y sacrificio. En la vida no se alcanzan objetivos sin pagar un precio en sacrificio y en generosa entrega. A bajo precio, a corto plazo, sin esfuerzo no se consigue y no se construye mucho.
En toda realización auténticamente humana está la marca de la cruz. Pero cuando el resultado no compensa el esfuerzo es tentador abandonar el proyecto y dejarse llevar por la desconfianza.
Cuando Dios irrumpe en la vida de un hombre trastoca planes, dice seguridades, pide la renuncia a proyectos y ambiciones personales, pide inquebrantable confianza en sus propuestas. Pero lo que Él presenta supera ampliamente toda expectativa y previsión humana…