En todos los colegios de Madre Carmen vivimos el mes de diciembre «como él»

En tus brazos Francisco,
refugio halló el Señor,
tu corazón fue el humilde Pesebre
que acogió al Dios de amor.

En tus brazos Francisco,
descanso halló el Señor,
grabadas en tu cuerpo quedaron
las llagas de la salvación.

Hoy Francisco decimos,
contigo mi Dios y mi todo.

Con Francisco seguimos el sendero que Cristo nos dejó en el Evangelio. (4)

Tres años antes de su muerte, cerca de Greccio, unos quince días antes de la navidad del Señor, Francisco llamó a su amigo Buen Juan, que vivía por esta región, y le dijo:

«Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió de niño, cómo fue puesto en el pesebre y colocado sobre heno entre el buey y la mula».

Oyendo esto su amigo Juan, corrió y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.

Llegó el día, día de alegría. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, llenos de gozo, prepararon antorchas para iluminar aquella noche que, con su estrella iluminó todos los días y años. Llegó Francisco y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Greccio se convierte en una nueva Belén. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría.

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