En todos los colegios de Madre Carmen vivimos el mes de noviembre «como él»

Benedicat tibi Dominus et custodiat te, ostendat faciem suam tibi et misereatur tui convertat vultum suum ad te et det tibi pacem.

Dominus benedicat frater Leo, te.

Benedicat, benedicat, benedicat tibi Dominus et custodiat te.

La fraternidad es una de las principales características del espíritu franciscano. Francisco fue el hermano de todos los que se acercaron a él, llamó a todas las personas e incluso a los animales y a las demás criaturas, «hermano lobo», «hermano sol», «hermana Clara»…

Sin embargo, esto no fue así desde el principio. El encuentro con Dios transformó el corazón y la mirada de Francisco para sentir como hermanas a todas las criaturas. Al principio ni siquiera tenía compañeros con los que vivir su nueva forma de vida, el Señor mismo se los dio como regalo.

«Egidio llegó al bosque de la Porciúncula y no encontró a nadie. Cuando estaba pensando en el regreso, apareció el Hermano, que salía del bosque. Egidio se echó a sus pies, diciéndole:

—Hermano Francisco, gran amigo de Dios, también yo quiero ser amigo del Señor. Tómame de la mano y llévame hasta el corazón de Dios.

El Hermano quedó emocionado con mucho cariño lo tomó de los brazos y le dijo:

—Hermano mío queridísimo, ¿sabes lo que ha sucedido esta mañana en la ciudad? Ha llegado el Rey a Asís y entre todos los ciudadanos ha escogido a un caballero. El tal caballero eres tú.

La alegría de Francisco desbordaba. Tomó a Egidio de la mano y lo presentó a los dos amigos. Les dijo:

—Hagamos una gran fiesta, más grande que cuando nace el hijo deseado en la familia feliz.»

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