Encuentro de Hermanas provenientes de diferentes comunidades de España y de América

Nuestro carisma traduce la fraternidad franciscana en sencilla vida de familia. Este espíritu de familia que nos regaló Madre Carmen nos hace saborear los pequeños momentos que el Señor nos regala con alegría, capacidad de sorpresa, espontaneidad, ilusión…

¡Qué grande es poder pisar ese terreno sagrado donde San Juan de la Cruz entregó su vida al Señor en el silencio y el amor profundo al misterio de la Cruz! ¡Qué cosas tienen los santos que muestran su gran humanidad y su grandeza de alma en lo pequeño! Así con admiración y sobrecogimiento fuimos recorriendo cada una de las estancias: en el centro, el primer templo erigido en honor a San Juan de la Cruz, donde fuera su celda y entregara su alma al Señor en la madrugada del 13 al 14 de diciembre.

Después de compartir la mesa, regresamos por Córdoba y allí, en Lucena, providencialmente el Señor nos tenía preparada una sorpresa: visitar el  Real Santuario de María Santísima de Araceli acompañados de la sabiduría y la fe del  santero y del  P. Franciscano, Jesús.

Junto al camarín de  la Virgen quedaron grabadas en nuestro corazón palabras como la mirada de María  aporta paz y serenidad, algo de lo que está  carente nuestro mundo; el silencio habla y la Virgen habla en el silencio.

Madre Joaquina, Superiora General, firmó en el libro del Santuario pidiendo la protección de la Virgen de Araceli para nuestra Congregación.

Por las calles de Lucena y acompañadas del P. Jesús, nos encaminamos a la parroquia de San Mateo, donde también nos recibió el arcipreste D. Jesús. Nos fascinó la capilla del Sagrario y el retablo de la parroquia.

Finalizamos nuestra peregrinación inesperada en el convento de los Frailes donde se encuentran nuestros hermanos, los Padres Franciscanos.

Damos gracias al Señor de las sorpresas por vivir este día de encuentro en familia y con tanta gente buena que Él  nos regala en el camino.

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