MISERICORDIA, DIOS MÍO…

…POR TU BONDAD


Nos encontramos en Cuaresma, tiempo de penitencia y de renovación interior para preparar la Pascua
del Señor.
La liturgia de la Iglesia nos invita sin cesar a purificar nuestra
alma y a recomenzar de nuevo.
Dice el Señor
Todopoderoso: Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto.
Rasgad los corazones, no las vestiduras, convertíos al Señor Dios nuestro,
porque es compasivo y misericordioso…
Y, en el momento de la imposición de la
ceniza sobre nuestras cabezas, el sacerdote nos recuerda las palabras del
Génesis, después del pecado original: Memento homo, quia pulvis es…
Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de convertir.

Memento
homo… Acuérdate… 
Y, sin embargo, a veces olvidamos que sin el Señor no
somos nada. «De la grandeza del hombre no queda, sin Dios, más que este
montoncito de polvo, en un plato, a un extremo del altar, en este Miércoles de
Ceniza, con el que la Iglesia nos marca en la frente como con nuestra propia
substancia».

Quiere el
Señor que nos despeguemos de las cosas de la tierra para volvernos a Él, y que
dejemos el pecado, que envejece y mata, y retornemos a la Fuente de la Vida y
de la alegría: «Jesucristo mismo es la gracia más sublime de toda la Cuaresma.
Es Él mismo quien se presenta ante nosotros en la sencillez admirable del
Evangelio».

Volver el
corazón a Dios, convertirnos, significa estar dispuestos a poner todos los
medios para vivir como Él espera que vivamos, ser sinceros con nosotros mismos,
no intentar servir a dos señores, amar a Dios con toda el alma y alejar de
nuestra vida cualquier pecado deliberado. Y eso, en medio de las circunstancias
de trabajo, salud, familia, etc., propias de cada cual.

Para fomentar
nuestra contrición la Iglesia nos propone, en la liturgia, el Salmo en que el
Rey David expresó su arrepentimiento y con el que tantos santos han suplicado
perdón al Señor. También nos ayuda a nosotros en estos momentos de
oración: 
     
  Misericordia,
Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, le decimos a
Jesús.

       
     Lava del todo
mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente
mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé.

      Oh Dios, crea
en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme, no me arrojes
lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

       Devuélveme la
alegría de tu salvación, afianzarme con espíritu generoso. Señor, me abrirás los
labios, y mi boca proclamará tu alabanza…

El Señor nos
atenderá si en el día le repetimos de corazón, a modo de jaculatoria: Oh
Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.