SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA…

… LA TRANSFIGURACIÓN.

La transfiguración nos desvela una de las constantes de la vida humana. No hay vida sin muerte, ni gozo sin dolor, ni regeneración sin destrucción. Todo ocurre a la vez. Conforme nos vamos iluminando, desaparece la tiniebla; a medida que vivimos, vamos ganando terreno a la muerte.
A veces, la niebla de la vida nos hace perder de vista el panorama. La transfiguración de Cristo nos llama a la esperanza: nos dice que en el camino hacia la transformación nos acompaña una voz, una presencia, Dios mismo.

«Véante mis ojos, dulce Jesús bueno;
véante mis ojos, muérame yo luego.

Vea quién quisiere rosas y jazmines,
que si yo te viere, veré mil jardines,
flor de serafines; Jesús Nazareno,
véante mis ojos, muérame yo luego.

No quiero contento, mi Jesús ausente,
que todo es tormento a quien esto siente;
sólo me sustente su amor y deseo;
Véante mis ojos, dulce Jesús bueno;
véante mis ojos, muérame yo luego.

Dulce Jesús mío, aquí estáis presente,
las tinieblas huyen, Luz resplandeciente,
oh, Sol refulgente, Jesús Nazareno,
veante mis ojos, muérame yo luego».
                                          Santa Teresa