SAULO,SAULO…

… ¿Por qué me persigues?”
Hoy
celebramos la conversión de San Pablo, que fue un perseguidor de los cristianos
y convertido en apóstol, elegido por el Señor para llevar a todos los hombres
(en especial a los paganos) el mensaje de la Buena Nueva de Cristo Resucitado.
Saulo
de Tarso, llevaba cartas que lo autorizaban para traer presos a Jerusalén a
todos aquellos que seguían la doctrina que enseñaban los discípulos de Jesús de
Nazaret. Sucedió que, camino de Damasco, una luz del cielo lo envolvió de
repente con su resplandor. Cayó por tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me
persigues?” Preguntó
él: “¿Quien eres,
Señor?” La
respuesta fue: “Yo soy
Jesús, a quien tú persigues.”
San Pablo fue interrogado de frente:
¿Por qué me persigues?, y la pregunta, tan personal: Saulo, Saulo…debió
calarle hasta el fondo del alma. San Pablo cayó literalmente del caballo, pero
sobre todo cayó de las muchas posiciones en las que vivía subido y agarrado a
su propia persona.
Nada dicen los Hechos de los Apóstoles
de si se fracturó algún hueso, lo que sí debió de romperse fue el alma, es
decir, su planteamiento vital, su actividad, y sus “por qués”… ¡que se hicieron girones!
Eso mismo hace el Señor con cada uno de
nosotros. Hay a quienes el Señor llama a su encuentro y responden con toda
naturalidad, porque se atreven a ser generosos en la entrega, pero son muchas las personas a las que el Señor permite que también “caigan del caballo” ya que solo así son capaces de
darse cuenta que Él los espera con los brazos abiertos.

Que hoy nos dispongamos a vivir nuestro
“viaje
personal a Damasco”con su correspondiente caída e incluso
podamos quedar “cegados” ante el resplandor del
Misterio de Cristo. Que como San Pablo, preguntemos al Señor ¿Qué quieres que
haga? A él le dijo el Señor: ”Levántate, y
sigue hasta Damasco, y allí se te dirá”. Y a mi, ¿qué me dice?