«SALÍ DEL PADRE Y HE VENIDO AL MUNDO…

… OTRA VEZ DEJO EL MUNDO Y ME VOY AL PADRE».
El domingo pasado celebramos los cristianos la solemnidad de la Ascensión de Jesús al cielo.Jesús parte hacia el Padre y manda a
los discípulos que partan hacia el mundo.
Pero no se trata de
una separación, porque Él permanece para siempre con nosotros, en una forma
nueva.
 
La última
palabra de Jesús a los discípulos es la orden de partir:
 “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas
las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”
 (Mt 28, 19). 

La comunidad cristiana es una comunidad “en salida”, “en
partida”. Y ustedes me dirán: ¿pero y las comunidades de clausura? Sí, también
ellas, porque están siempre “en salida” con la oración, con el corazón abierto
al mundo, a los horizontes de Dios. ¿Y los ancianos, los enfermos? También
ellos, con la oración y la unión a las llagas de Jesús.
A sus discípulos misioneros Jesús les
dice:
 Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” .
Solos, sin Jesús, ¡no podemos hacer nada! En la obra apostólica no bastan
nuestras fuerzas, nuestros recursos, nuestras estructuras, si bien son
necesarias. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro
trabajo,  resulta ineficaz.
Y junto a Jesús nos acompaña María,
nuestra Madre. Ella ya está en la casa del Padre, es Reina del cielo y así la
invocamos en este tiempo;  como Jesús, Ella está con nosotros, camina con
nosotros,
 es la Madre de nuestra esperanza.
 «Con su Ascensión el Señor Resucitado
atrae nuestra mirada al Cielo, para mostrarnos que la meta de nuestro camino es
el Padre»
. Con estas palabras el papa Francisco nos recuerda el
significado de la solemnidad común a todas las Iglesias cristianas, que se
celebra el cuadragésimo día después de la Pascua de Resurrección y con la que concluye la
presencia del «Cristo histórico»