¿QUIÉN ERES TÚ, DULCÍSIMO DIOS MÍO?

Y ¿quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo
tuyo?
Ayer  celebrábamos la fiesta de  la impresión de las llagas de nuestro Padre San Francisco, Él como San Pablo pudo llegar a decir “estoy crucificado con Cristo” pues su amor era tan hondo que sólo deseaba configurarse con el que tanto amaba. 

«Sintiéndose, pues, Francisco elevado hacia Dios a impulsos de
los ardores de su seráfico amor, y transformado por compasión inefable en Aquel
que quiso por nuestro amor ser crucificado, cierta mañana de un día próximo a
la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, cuando se entregaba en un lado del
monte Alverna a los acostumbrados fervores de su oración, vio bajar de los
cielos un serafín que tenía seis alas tan fúlgidas como resplandecientes…
Dos
alas del serafín se elevaban sobre su cabeza, dos aparecían extendidas en
actitud de volar y las otras dos cubrían todo el cuerpo. Ante la visión tan
maravillosa, llenóse de estupor el Santo y 
experimentó en su corazón un extraordinario
gozo, mezclado de algún dolor… Al desaparecer aquella visión dejó en el corazón
de Francisco un ardor admirable e imprimió en su cuerpo una efigie no menos
maravillosa, pues al momento comenzaron a aparecer en sus manos y pies las
señales de los clavos, iguales en todo a las que poco antes había visto en la
imagen del serafín crucificado.»
(San Buenaventura).