MISTERIO DEL AMOR…

…En medio del silencio el Verbo se encarnó.


En estos días transcurridos desde el 24, Nochebuena, hasta el día de mañana en que celebraremos el Bautismo del Señor, nos hemos sumergido en el más tierno de los misterios de nuestra fe: la maravilla de la Encarnación. Dios eterno y omnipotente, que sostiene el mundo, que rige los destinos de los hombres, que da la vida y la muerte que hunde en el abismo o levanta.., se hace carne de nuestra carne, para hacernos a nosotros con Él un sólo cuerpo y una sola carne. Y no solo se hace uno más de nosotros o semejante en cuerpo, quiso ser en todo igual a nosotros excepto en el pecado y por eso elige encarnarse en el seno de una doncella virgen, desposada con José,  y tener una familia.  
Este Niño, que nace en el pueblo de la promesa,  ampliará esta promesa a todos los pueblos de la tierra . De esto serán primicia los sabios de oriente que abandonando sus seguridades y todo esquema preconcebido sobre un Rey Salvador, salen de su tierra recorren un largo camino y terminan adorando como rey, Dios y Hombre, a un bebé acostado en el pesebre de un establo. 
Es necesario entrar en el corazón de este misterio con ojos de niño para poder contemplar a Jesús pequeño y comprender que en aquel pequeño corazón se esconde la inmensidad del Amor de Dios. 

















Acuérdate, Jesús, de la gloria del Padre,
del esplendor divino que dejaste en el cielo

al bajar a esta tierra, al desterrarte
de aquella eterna patria
por rescatar a todos los pobres pecadores.
Bajando a las entrañas de la Virgen María,
velaste tu grandeza y tu gloria infinita.

Del seno maternal
de tu segundo cielo
¡acuérdate!
Acuérdate que el día en que naciste
los ángeles bajaron a la tierra
y cantaron a coro:
«¡Gloria, honor y potencia a nuestro Dios,
y la paz a los hombres de buena voluntad!»
Para gustar por siempre
la inefable paz tuya,
¡yo vengo a ti!
 Yo vengo a ti, en tu cuna
quiero, Niño, quedarme para siempre,
entre esos tus pañales escóndeme contigo.
Ahí podré cantar a coro con los ángeles,

recordarte las fiestas de estos días.
Acuérdate, Jesús, de los pastores,
y de los Reyes Magos,
que con gozo sus dones te ofrecieron,
corazón y homenaje.
Del cortejo inocente
que por ti dio su sangre
¡acuérdate!
 Acuérdate de que los dulces brazos
de María, tu Madre, preferiste
a tu trono de rey.
A ese festín de amor que tu madre te da,
invítame, Jesús, tú que eres mi hermanito.
Acuérdate de que llamaste padre
al humilde José, quien por orden del cielo
supo, sin despertarte del materno regazo,
arrancarte a las iras de un mortal.
De tu  hermanita,
que ya desde entonces hizo palpitar tu corazón,
¡acuérdate!
(Santa Teresita del Niño Jesús)