ME AMÓ…

…y se entregó por mí
Ya llega la hora, en que nuestro Señor prueba la amarga copa de su Pasión. 
Corazón mío, estate atento para acompañar a tu Jesús que por tu amor sufre de tal manera. Reconozco, Señor, que yo también he sido traidora en ocasiones, te he negado, condenado, clavado. Tu has probado más que nadie mi miseria y mi maldad. Pero Señor, déjame en estos días estar contigo, aunque no pueda seguirte ahora a donde tu vas; esta pequeña tuya quiere acompañar a tu corazón para que donde mi maldad te ha herido tantas veces, te conforte mi amor.



Muchas veces, he reflexionado sobre las personas que permanecieron a los pies de la cruz, no eran los más santos  (exceptuando por supuesto a la Santísima Virgen), ni los más rudos y fuertes, ni los más mayores, eran los que habían experimentado ardientemente el amor de Jesús y lo amaban. Cuando todos se van, sólo el amor se queda, a pesar de tener – como la Magdalena – un pasado marcado por el pecado, o de ser, como Juan, apenas un niño. El amor es audaz, es ingenioso, y, sobre todo, es loco, no calcula los riesgos, no encuentra obstáculos insalvables. Más aún, cuando es cautivado por el más grande de los Amores, que se dio por entero. Aunque el amor con el que correspondemos es siempre imperfecto, ha de ser locura tan sólo con mirar al Sagrario o a la Cruz.
Jesús mío, en esta nueva Pascua, déjame ser María, déjame ser Juan, quiero quedarme contigo en compañía de tu Madre, al pie de la Cruz.