JESÚS, MARÍA Y JOSÉ…

… EN VOSOTROS CONTEMPLAMOS EL ESPLENDOR DEL VERDADERO AMOR 

El Mesías quiso comenzar
su tarea redentora en el seno de una familia sencilla, normal. Lo primero que
santificó Jesús con su presencia fue el hogar. Nada ocurre de extraordinario en
estos años de Nazareth, donde Jesús pasa la mayor parte de su vida.
José era el cabeza de familia;
como padre legal, él era quien sostenía a Jesús y a María con su trabajo. Es él
quien recibe el mensaje del nombre que ha de poner al Niño: 
Le pondrás por nombre Jesús; y los que tienen
como fin la protección del Hijo: 
Levántate,
toma al Niño y huye a Egipto. Levántate, toma al Niño y vuelve a la patria. No
vayas a Belén, sino a Nazareth
.
De él aprendió Jesús su
propio oficio, el medio de ganarse la vida. Jesús le manifestaría muchas veces
su admiración y su cariño.
De María, Jesús aprendió formas
de hablar, dichos populares llenos de sabiduría, que más tarde empleará en su
predicación.
Vio cómo Ella guardaba un poco de masa de un día para otro, para
que se hiciera levadura; le echaba agua y la mezclaba con la nueva masa, dejándola
fermentar bien arropada con un paño limpio. Cuando la Madre remendaba la ropa,
el Niño la observaba.
Si un vestido tenía una rasgadura buscaba Ella un pedazo
de paño que se acomodase al remiendo. Jesús, con la curiosidad propia de los
niños, le preguntaba por qué no empleaba una tela nueva; la Virgen le explicaba
que los retazos nuevos cuando se mojan tiran del paño anterior y lo rasgan; por
eso había que hacer el remiendo con un paño viejo… Los vestidos mejores, los
de fiesta, solían guardarse en un arca. María ponía gran cuidado en meter
también determinadas plantas olorosas para evitar que la polilla los
destrozara. Años más tarde, esos sucesos aparecerán en la predicación de Jesús.
No podemos olvidar esta enseñanza fundamental para nuestra vida corriente:
«la
casi totalidad de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron
de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres,
ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar adelante las
tareas del hogar. María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran
erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los
detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las
visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede
estar llena de tanto amor a Dios!»