LOS LLEVÓ A UN MONTE ALTO…

… Y SE TRANSFIGURÓ ANTE ELLOS.

El monte de la Trasfiguración es donde Dios se revela manifestando su gloria, lugar donde se encuentran la ley (Moisés) y los profetas (Elías). Jesús será el que selle con su sangre la Alianza hecha por Dios. Le dará así cumplimiento a la ley y traerá a su pueblo la salvación anunciada por los profetas.
También para nosotras cada día debería ser un subir a la montaña de la Transfiguración, para contemplar la gloria del Señor.

Sin embargo, aunque nos resuene la frase de Pedro: «¡Señor, qué bien se está aquí!», y queramos hacer una casa allí donde mejor estamos, ¡no!. Sería una actuación egoísta, una tentación. Hay que recordar que somos peregrinos en este mundo y caminamos hacia la vida eterna, al lado de nuestro Padre Dios, el mismo que nos invita cada día a escuchar a su Hijo amado, su predilecto.

La oración, la Eucaristía, un retiro debe ser el lugar donde el Señor llene nuestra debilidad con su fortaleza para que, al bajar podamos darnos a los demás en un amor sincero, sin reservas. Pidamos al Señor poder contemplarle con amor y tener su gracia para llevarlo a todo hombre sediento de Dios.