ESTE ES MI HIJO, EL AMADO…

…MI PREDILECTO, ESCUCHADLO
El misterio del Bautismo
de Jesús nos adentra en el misterio inefable de cada uno de nosotros, 
pues de su plenitud recibimos todos gracia
sobre gracia
.
Hemos sido
bautizados no solo en agua, como hacía el Precursor, sino 
en el Espíritu Santo, que nos comunica la vida de Dios. Demos gracias hoy al Señor por aquel
día memorable en el que fuimos incorporados a la vida de Cristo y destinados
con Él a la vida eterna. Alegrémonos de haber sido quizá bautizados a los pocos
días de haber nacido, como es costumbre inmemorial en la Iglesia, en el caso de
neófitos hijos de padres cristianos.

Fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo, para entrar en comunión con la Trinidad. En cierto modo se han
abierto para cada uno de nosotros los cielos, a fin de que entremos en la 
casa de Dios y conozcamos la filiación divina. «Si tuvieses piedad
verdadera –enseña San Cirilo de Jerusalén–, también descenderá sobre ti el
Espíritu Santo y oirás la voz del Padre desde lo alto que dice: este no es el
Hijo mío, pero ahora después del Bautismo ha sido hecho Mío»
.
 La filiación divina ha sido uno de los grandes dones que
recibimos aquel día en que fuimos bautizados. San Pablo nos habla de esta
filiación y, dirigiéndose a cada bautizado, no duda en pronunciar estas
dichosísimas palabras: 
Ya no eres esclavo sino hijo: y si hijo, también heredero.