DE TAL MADRE…

…TAL HIJO


«Cuando se acercaba el día de su muerte nos encontrábamos hablando los dos solos muy dulcemente y, olvidando lo que quedó atrás y contándonos lo que veíamos por delante, nos preguntábamos, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar… y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres. Ella dijo: «Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida… Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ¿qué hago ya en este mundo?…
» En el momento de su muerte me miró y dijo: «Sepultad este cuerpo en cualquier lugar; esto no os ha de preocupar en absoluto, lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar de nuestro Señor…» Así salió de este mundo aquella alma piadosa y bendita».

Así era Santa Mónica, una madre de familia que vivió las virtudes en su más alto nivel, santificando así su vida en medio de sus padecimientos. Aprendamos de ella a no desfallecer en las dificultades de nuestro día a día, a confiar siempre que no hay nada imposible para Dios si se lo pedimos con fe, Él escucha nuestra oración. Imitemos pues su insistencia, que nuestras lágrimas muevan el corazón de Dios, que no se deja ganar en generosidad y consuela a sus hijos en sus penas…