¡¡CRISTO VIVE…

… Y HA RESUCITADO!!. ¡ALELUYA, ALELUYA!.

La Pascua es la fiesta de nuestra redención y, por tanto,
fiesta de acción de gracias y de alegría.
La Resurrección del Señor es una realidad central de la fe católica, y
como tal fue predicada desde los comienzos del Cristianismo. La importancia de
este milagro es tan grande, que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la
Resurrección de Jesús. Anuncian que Cristo vive, y este es el núcleo de toda su
predicación. Esto es lo que, después de veinte siglos, nosotros anunciamos al
mundo: ¡Cristo vive! La Resurrección es el argumento supremo de la divinidad de
Nuestro Señor.
Después de resucitar por su propia virtud, Jesús glorioso fue visto por
los discípulos, que pudieron cerciorarse de que era Él mismo: pudieron hablar
con Él, le vieron comer, comprobaron las huellas de los clavos y de la lanza…
Los Apóstoles declaran que se manifestó con numerosas pruebas, y muchos de estos
hombres murieron testificando esta verdad.
Jesucristo vive. Y esto nos colma de alegría el corazón. «Esta es la gran
verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha
resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y
de la angustia (…): en Él, lo encontramos todo; fuera de Él, nuestra vida
queda vacía».
«Se apareció a su Madre Santísima. Se apareció a María de Magdala, que
está loca de amor. Y a Pedro y a los demás Apóstoles. Y a ti y a mí, que
somos sus discípulos.
»Que nunca muramos por el pecado; que sea eterna nuestra resurrección
espiritual.