CONVIÉRTETE…

…Y CREE EN EL EVANGELIO.
La Cuaresma es un tiempo litúrgico fuerte de
preparación para el triduo pascual. Es tiempo de retirarse, como Cristo, al
desierto, para vivir de la palabra de Dios.
La Cuaresma dura 40 días; comienza el miércoles de
Ceniza
y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. El
color litúrgico de este tiempo es el
morado que significa luto y
penitencia. 

La imposición de ceniza nos introduce muy bien en
todo lo que es esencial en la Cuaresma:
liberación, redención, plenitud. Y para
eso, es preciso renunciar a querer ser todo a la vez, a vivir desde la
superficialidad y desde la incoherencia. Por eso se nos predicará la necesidad
de
penitencia, limosna, oración. No se nos invita a la penitencia por puro
placer de “fastidio”, se nos invita para llegar a la liberación.
No es tiempo
de tristeza, es tiempo de alegría,
de perfumarse la cabeza, de hacer penitencia
sin que nadie se dé cuenta.

-Cuaresma = tiempo de conversión. Lo importante
es el corazón.

-Cuaresma = tiempo de desierto. Lo esencial se
pone delante: Dios mismo fuente de vida.

-Cuaresma
= tiempo
de compartir
.
Compartir los bienes con los más necesitados
mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de
un mundo más justo.

Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva
el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo.

-Cuaresma = entrenamiento para la muerte y la vida:
para la Pascua.

-Cuaresma = reconocimiento de nuestra mentalidad
mundana, de nuestro gusto por el pecado, de nuestras ganas de “ser dioses”, de
nuestra cerrazón al misterio.

La cuaresma no es privación, es enriquecimiento; no
es negatividad, es creatividad, un esfuerzo por renovar, construir y
conquistar.

¡Es
hermoso ayunar para ti, Dios, vida nuestra,
y
dejar que el hambre profundice en nosotros
el
deseo de un mayor amor!
Siguiendo
a Jesús iremos al desierto,
y de
nuestro despojo de cada día
renacerá
una humanidad nueva,
fruto
de la gracia y la pobreza.
Bendito
seas por la mesa del pan partido,
donde
son reconciliados
los
que se dan a ti sin reservas.
Y
bendito sea el día
en
que tu Iglesia conozca
con
qué ternura la amas
mientras
camina por los duros senderos de la cruz.