«ALÉGRATE MARÍA, LLENA DE GRACIA…

…EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO!»

“Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo
nacido de mujer”
. Como culmen del amor por nosotros, envió Dios a su Unigénito,
que se hizo hombre, para salvarnos y darnos la incomparable dignidad de hijos.
Jesús se hizo realmente como nosotros, tomando naturaleza humana en las entrañas
purísimas de la Virgen María. Dios pudo restaurar la naturaleza humana de
múltiples maneras, pero eligió esta. La Encarnación es la plenitud de la
cercanía de Dios con el hombre, es la manifestación suprema del amor divino por
el hombre
, y sólo la inmensidad de este amor puede explicarla.

Este es el misterio más entrañable y trascendental de la
historia de la humanidad y, sin embargo, tuvo lugar en un pequeño pueblo de un
país prácticamente desconocido, en “una virgen desposada con un hombre llamado
José”
. María escucha y pondera las palabras del ángel. Quedó turbada ante
ellas, pero con una turbación que no la dejó paralizada. No opuso resistencia
en su inteligencia y su corazón: todo estaba abierto a la voluntad divina, sin
restricción alguna.

“He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
La respuesta de María es aún más definitiva que un simple . Es la entrega
total a lo que el Señor quería de Ella
en aquel momento y a lo largo de toda su
vida.
El que nos pide el Señor a cada uno se prolonga a lo largo de toda
nuestra vida; nos lleva a no pensar demasiado en nosotros mismos y a estar
atentos, con el corazón vigilante, hacia donde viene la voz de Dios que nos
señala el camino.

Al contemplar este misterio, dejémonos amar por un Dios que
se hace pequeño para estar cerca de nosotros; dejémonos abrazar y acompañar por
una Madre que es modelo y maestra de una entrega sin límites, comprometida y
gozosa.