«AL QUE DESEÉ, YA LO VEO, AL QUE ESPERABA, YA LO POSEO…

…ESTOY UNIDA EN EL CIELO CON AQUEL QUE AMÉ ARDIENTEMENTE EN LA TIERRA»

Son palabras de nuestra santa que a su más tierna edad no solo dio testimonio con su sangre, sino que permaneció virgen para Aquel que se dio todo a ella; a Él solo guardó fidelidad y a Él solo se entregó.
La tierna corderita tiñó su candor virginal con la sangre del martirio a principios del siglo IV, en la persecución de Diocleciano.
No tenía edad para ser condenada, pero estaba madura para la victoria; lo que parecía imposible por su corta edad, lo hizo posible por su virginidad consumada.
Rehusó la mano del hijo del prefecto de Roma, por lo que fue acusada de su ser cristiana y juzgada.
Resistía fielmente las seducciones de los impíos para abandonarse a la fe y ofrecía de buen grado su cuerpo a la tortura.
El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla con halagos; muchos desearon casarse con ella pero ella respondía con firmeza superior a su edad: «Injuria sería para mi Esposo el pretender agradar a otro. Me entregaré sólo a Aquel que primero me eligió.¿Qué esperas verdugo? Perezca el cuerpo que puede ser amado por ojos que detesto. Haz lo que quieras, Cristo no olvida a los suyos. Teñirás, si quieres, la espada con mi sangre, pero no mancillarás mis miembros con la lujuria».
Llegó el verdugo armado con la espada. Inés lo recibió gozosa, oró brevemente, inclinó la cabeza y quedó consumado el martirio.

Que Jesús, esposo de las vírgenes,  nos ayude y enseñe cómo debe vivir un alma consagrada, haciéndonos comprender y gustar la hermosura de la castidad perfecta, por ello «dirijamos incesantemente al Altísimo fervientes y humildes plegarias, para que nos otorgue tan precioso don y nos conserve la inefable prerrogativa de esposas fieles del Cordero Inmaculado».