ACOMPAÑEMOS AL QUE NOS DA LA VIDA…

Durante la Cuaresma, el Señor nos llevó al desierto para prepararnos para el encuentro con Él. Ya casi han transcurrido los cuarenta días vividos muy cerca de Él, mediante los propósitos que nos hicimos en Cuaresma. El pasado domingo, Domingo de Ramos o de Pasión, el Señor entraba en Jerusalén entre gritos de júbilo.

La Liturgia nos lleva a vivir el Triduo Pascual en su plenitud. Toda la Iglesia recuerda la última semana de Jesús vivida en la tierra, y se une a ella corporal y espiritualmente.

Después de haber entrado junto al Señor en Jerusalén, Él nos invita a participar en su Cena. Vamos a ser testigos de la instauración de la Eucaristía y del Orden Sacerdotal. Es un momento privilegiado porque el Señor se pone a nuestros pies para servirnos, lavarnos y limpiarnos del pecado. Con esto nos deja uno de los pilares fundamentales: el amor desde el servicio. Tenemos la oportunidad de mostrarle nuestro amor. Velemos y oremos junto a Él.

En la Cruz está la vida. Por ello, ayudemos a Jesús a cargarla como el cirineo, pero no sólo en un tramo del camino, sino durante toda su Pasión. En la Cruz nos fue dado todo: su Vida, con la que nos mostró su infinito amor; su Madre, que era lo único que le quedaba, para que fuera nuestra Madre; y su Espíritu, que es el que nos mantiene vivos.

El Sábado es un día de silencio en la Iglesia para que meditemos y admiremos lo que el Señor ha hecho por nosotros. Sin embargo, no es un día triste, el Señor vence al pecado y a la muerte con su Resurrección.