Durante la Cuaresma, el Señor nos llevó al desierto para prepararnos para el encuentro con Él. Ya casi han transcurrido los cuarenta días vividos muy cerca de Él, mediante los propósitos que nos hicimos en Cuaresma. El pasado domingo, Domingo de Ramos o de Pasión, el Señor entraba en Jerusalén entre gritos de júbilo.
Después de haber entrado junto al Señor en Jerusalén, Él nos invita a participar en su Cena. Vamos a ser testigos de la instauración de la Eucaristía y del Orden Sacerdotal. Es un momento privilegiado porque el Señor se pone a nuestros pies para servirnos, lavarnos y limpiarnos del pecado. Con esto nos deja uno de los pilares fundamentales: el amor desde el servicio. Tenemos la oportunidad de mostrarle nuestro amor. Velemos y oremos junto a Él.
En la Cruz está la vida. Por ello, ayudemos a Jesús a cargarla como el cirineo, pero no sólo en un tramo del camino, sino durante toda su Pasión. En la Cruz nos fue dado todo: su Vida, con la que nos mostró su infinito amor; su Madre, que era lo único que le quedaba, para que fuera nuestra Madre; y su Espíritu, que es el que nos mantiene vivos.
