ABRIENDOS SUS COFRES, LE OFRECIENRO REGALOS: ORO, INCIENSO Y MIRRA

 Celebrábamos ayer la fiesta de la Epifanía, es decir, la fiesta de la manifestación de Dios a los Magos de Oriente y a todos nosotros. Lo que esta fiesta quiere resaltar es que Jesús, el nacido en un pesebre, en la aldea perdida de Belén, es el Hijo de Dios y, por eso, los Magos de Oriente le adoran, le reconocen como tal.


Ellos han seguido la estrella, son buscadores de luz, y no
cesan en su empeño y preguntan a su corazón, a unos y a otros, y cuando
encuentran a Jesús, la luz verdadera, la estrella luminosa, verdadero Dios, le
adoran. En señal de adoración le ofrecen sus regalos: oro, incienso y mirra.

La intención de Dios no fue solamente bajar a la tierra, sino ser conocido en ella; no solo nacer, sino conocer. De hecho, es en vista a este acontecimiento que nosotros celebramos la Epifanía, este gran días de su manifestación. Hoy en efecto los magos vinieron de oriente buscando el sol de Justicia en su aurora, este Sol de quien leemos: Aquí tenéis a un hombre que se llama Oriente.

Ese amanecer, esa luz que
vieron los Magos, y les llevó a buscar al Salvador del mundo en forma de niño,
al lado de su padre, San José (santo varón, siempre dispuesto a cumplir la
voluntad divina) y de su madre, Santa María (ejemplo de aceptación de lo que
Dios manda a la persona, guardando en el corazón todo, lo que entiende y lo que
no). Ver con los Reyes a la familia de Jesús en el pesebre, y ponernos a sus
pies, y adorarles.